07/07/2011


Era una soleada tarde de domingo.
Yo llegue temprano y tu no habías llegado.
Los minutos se alargaban bajo el sol.
El mundo tenia sabor a te negro y cigarrillos.
Caminaba sin rumbo en una plaza llena.
Me senté, nervioso, en una banca y pensaba mil cosas.

Y llegaste.
Puntual. A las 5.
Sonriendo.
Tímida.

Y caí.

Tus ojos, tímidos, cafés, se escondían detrás de tus lentes, fuimos a tomar un cafe y recuerdo perfecto que caminaste delante de mi los primeros metros,
Después caminamos y platicamos y sin pretensiones, sin presiones, con honestidad, como crecen las grandes amistades, hablamos, reímos, tu primera sonrisa, todo se fue dando poco a poco, hasta que el reloj, implacable, te marcaba la hora de irte.

Te acompañe a la fila de un camión, me acerqué y aunque moría de ganas, no tuve el valor de besarte.
Recuerdo que regresé a la casa solo pensando en ti y con el pulso acelerado.

La próxima vez que nos vimos, caminamos por esas calles tapizadas de hojas, con el clima perfecto de primavera, fresco, tibio y dulce aire.

Tomamos un cafe helado y entonces hablando de tonterías salió el tema... me moría de ganas de darte un beso, lo sabias, pero fingías, jugabas y yo jugaba.
Te levantaste y aproveché para mandarte un mensaje pidiendote un beso.
Aun recuerdo ese momento mágico, en que volviste y fingiste que no habías visto tu celular, lo revisaste de nuevo, sonreíste y te acercaste a mi, me tomaste del rostro y me diste el beso mas dulce que jamás imaginé.
Cerré los ojos y el mundo se detuvo, no se cuanto duró, pero si se, que estaba temblando de nervios y que ese era, el mejor día de mi vida, por que esa larga espera había llegado a su fin: habías llegado ya, a mi vida.

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